
Por: Santiago Matías Rojas
Recientemente tuve una conversación muy personal con mi hijo sobre la dirección de sus proyectos. Le confesé algo que me sale del alma: lo que verdaderamente valoro, por encima de los números o el espectáculo, es su capacidad para sacar de las sombras historias de redención.
Fui testigo de cómo una joven ganó un reality show recientemente, y lo que ocurrió allí me conmovió hasta lo más profundo. No fue solo la victoria, fue el proceso. Me impactó ver cómo su propia rival, lejos de aplastarla, la «alimentaba» y, al final, facilitó que ella ganara porque reconoció que de verdad se lo merecía. Ese gesto, esa nobleza en medio de la competencia, es la prueba más pura de lo que somos.
El Corazón de la Solidaridad
El dominicano es único. Somos seres empáticos por naturaleza. No hay mejor ejemplo que nuestra respuesta ante la tragedia. Cuando ocurrió el devastador terremoto en Haití —nuestros adversarios históricos en muchos relatos— fuimos nosotros los primeros en llegar. Sin dudarlo. Porque siempre estamos cuando nos necesitan.

Ese espíritu colaborador no tiene comparación. En nuestros barrios recibimos con los brazos abiertos a extranjeros de cualquier nacionalidad. No nos importa su pasado ni su historia; los hacemos parte nuestra. A pesar de las críticas, hemos convivido y tendido la mano a millones de hermanos haitianos, demostrando que nuestra humanidad es más fuerte que cualquier frontera.
Guardianes de la Patria y la Cuarta Generación
Y si miramos hacia afuera, el orgullo se multiplica. Los que vivimos fuera de la patria nos hemos hecho responsables de que el país no se caiga. Somos la única etnia en el mundo que, religiosamente, coge sus vacaciones para regresar a su tierra. No hay lugar en este planeta donde no encuentres a un dominicano.

Pero lo que viene es aún más grande. La cuarta generación de aquellos que emigraron valientemente le está demostrando al mundo de qué estamos hechos. Ya no somos solo trabajadores incansables; somos iconos globales.
Miren a figuras como Cardi B o Karl-Anthony Towns. Ellos representan esa fuerza imparable, esa mezcla divina y deliciosa de lo «Domínico-Puertorriqueño». Esa fusión cultural no solo está presente, sino que está marcando el paso. Es una generación que no pide permiso, que rompe esquemas y que, sin lugar a dudas, va a controlar el mundo.
